miércoles, 26 de octubre de 2011

Arquitectos de escuela























Colectores de agua en los tejados, edificios en capas  superpuestas para aprovechar el espacio, un tranvía monorraíl elevado. Vegetación y agua, mucha agua. Calles regadas de sentimientos. Deseos y colorido. Todo ello, cuidadosamente recortado , me recibió con un destello de frescura desde una sala de la Fundación Serralves de Oporto una mañana del pasado julio.

Allí se exhibía una gran colección de trabajos infantiles que formaban parte del proyecto Cidades, desarrollado durante todo el curso 2010-2011 por la Fundación y colegios de varios municipios portugueses. Sandra Olim, asesora de comunicación de Serralves, me ha contado por correo electrónico que “la idea surgió de la voluntad de contribuir a la educación de ciudadanos conscientes, críticos y creativos, a partir de una reflexión sobre los espacios urbanos”. 

Con esa intención organizaron talleres para profesores dirigidos por artistas, arquitectos, biólogos y geógrafos, en los que se mezclaron los conocimientos y la creatividad para aproximarse a temas como la habitabilidad, la sostenibilidad o el espacio público. A partir de ellos, los docentes organizaron todo tipo de actividades en sus colegios: visitas de los alumnos a sus lugares de residencia, discusiones e investigaciones con contenidos y perspectivas de sus diversas asignaturas. Y por fin, se les invitó a olvidarse de la realidad y plasmar dónde querían vivir. 

La Fundación proporcionó a cada grupo “una tabla A3 de corcho, y los planos de dos prismas blancos de cartulina, que ellos podían o no usar, multiplicar o sustituir”, me explica Sandra Olim. Los chicos, de entre 3 y 17 años, se pusieron manos a la obra y, a final de curso, expusieron en sus centros los resultados de una nueva forma de aprender, en la que los alumnos tienen una participación más activa. Cada escuela seleccionó un trabajo y lo envió a Serralves, como testimonio de un año de trabajo. En una de las salas del museo, me recibieron así una mañana de julio:














sábado, 17 de septiembre de 2011

La novela hormiguero


Lo elegí porque me fascina Edward O. Wilson. Con Viaje a las hormigas, una obra que escribió junto a Bert Hölldobler en 1994, este profesor emérito de Harvard me despertó una insospechada admiración esos diminutos ejemplos de laboriosidad. A lo largo de su carrera, el mayor experto mundial en estos insectos ha traspasado las barreras de la entomología, para convertirse en uno de los grandes sabios de nuestro tiempo. Su ávido espíritu no entiende de límites entre disciplinas a la hora de asimilar y entretejer conocimientos, y de comunicarlos con una innata capacidad para la divulgación.

Anthill, publicada por W.W. Norton.
Su primera novela, Anthill (montículo del hormiguero, en inglés), reclamó su espacio en mi verano, se lo presté y me lo ha devuelto repleto de satisfacción.

El armazón de la historia nos coloca ante Raff, un chiquillo de una pequeña localidad de Alabama, que comienza a explorar los alrededores del cercano lago Nokobee con los ojos aventureros de quien intuye el mayor tesoro del mundo, plagado de nuevas joyas y de acechantes obstáculos. A lo largo la vida de Raff, Wilson va desplegando un catálogo de temas interconectados a diversas profundidades, como las galerías de un hormiguero.

De la mano del protagonista, descubrimos ejemplos de canibalismo animal, tiburones que surcan ríos, comportamientos de cortejo o de huida, serpientes venenosas o caimanes gigantes, y durante varios capítulos nos sumergimos en la detallada y fascinante vida de una colonia de hormigas desde su propio ángulo de visión, lo que nos convierte en testigos a su altura de su forma de comunicación, sus luchas, su división del trabajo o su reproducción.

De paso caminamos por la ideosincrasia del profundo Sur de los Estados Unidos, por la importancia de una educación tutelada por profesionales adecuados, el valor del esfuerzo, el fanatismo religioso, por el aparente conflicto entre desarrollo económico y ecología, por la búsqueda de términos medios para resolver problemas a través de sendas originales y no transitadas, por el miedo, la ambición, el deseo, los intereses creados, la importancia de respetar y conocer las opiniones de otros, y por la felicidad que proporciona reconocer el lugar esencial de un ser humano en la vida.

No se trata de un mensaje desde la autoridad del científico. Sobre los cimientos de años de investigación y dominio del mundo natural, la narración se expone de tú a tú, sin el menor atisbo de erudición arrogante, en un lenguaje llano y con una tensión argumental mantenida hasta el final de la obra.

Sin dogmatismos, este libro nos hacer entender con suma sencillez los más complejos y sutiles mecanismos del mundo natural, de la dependencia y la conexión entre todos los seres del mundo y, a su vez, entre ellos y el entorno. Y no nos queda más remedio que derivar de ellos nuestra propia responsabilidad para preservarlos.

Anthill constituye una declaración de amor a la naturaleza y una profunda visión sobre cómo participar en el mundo que tenemos. De una forma más responsable y eficiente.